¿Médicos Sin Fronteras para el genocidio wichí?


Por Silvana Melo | (APe)

“Están fuera del estado y fuera de la sociedad”. El doctor Medardo Avila Vázquez conoce el etnocidio wichí del chaco salteño y la muerte de tres niños que ni siquiera llegaron a pararse en la pacha ni a correr una mariposa le anudó el estómago con el alma. Por eso él y un grupo de médicos de la Córdoba castigada por el agronegocio, el mismo que dejó desguarecida de su paraíso a la etnia wichí, están tramitando que Médicos Sin Fronteras se instale por las comunidades de Santa Victoria Este, los parajes más pobres de la linda Salta. Donde el Estado no se hace cargo. Y los gobiernos pasan de culpabilizar a “la cultura” originaria a llevarles tarjetas alimentarias a comunidades que no tienen ni documentos para acceder a un plan social. Y un posnet para leer una tarjeta es un milagro desconocido de la tecnología.

Los tres niños que murieron no llegaban a los tres años. No soportaron el agua ni la falta de alimentos. En Misión La Chirola, por Embarcación, otro chiquito está grave. Sus padres son niños también, sólo que más grandes. Pero no llegan a la adultez. Ninguno come lo suficiente.

“La civilización sigue considerándolos atrasados, se tienen que adaptar a lo que hay”, dice Medardo Avila en entrevista con esta Agencia. Médico de Pueblos Fumigados. Legendario impulsor de la justicia por el barrio Ituzaingó Anexo de Córdoba, donde los niños se morían de cáncer porque se los fumigaba con la indiscriminación de la impunidad.

“Lo que pasa es que los wichís, a diferencia de los mapuches, de los qom mismos, han aparecido masivamente a consecuencia de la expansión de la frontera agropecuaria en la zona de Salta y Formosa”, describe el médico y pinta una imagen escalofriante: “donde se han desmontado miles y miles de hectáreas y de repente, en estos bosques del Chaco salteño, donde había miles y miles de árboles, aparecen montones de gentes, de personas que vivían ahí, muy bien, que tenían de todo. Y les dejan una parcelita de monte espantosa y cuando llega el Estado les trae para que haga una huertita”. Dice Medardo que los sacan del bosque, donde vivían en modos ubicados temporalmente “30 mil años antes de Cristo y los colocan en 5 minutos diez mil años atrás, en el tiempo de la agricultura…” Mientras tanto, “nosotros a los wichís los descubrimos ahora, no están documentados y cuando desmontan, aparecen así…”

Modesto Rojas, cacique de la comunidad wichí Fwolit: “Dentro de las comunidades originarias no hay agua, no hay comida, no hay trabajo. Nos sentimos muy abandonados por el Estado. Como originario me siento muy mal porque veo como los chicos se mueren por desnutrición. Hay comunidades enteras sin agua potable, están a 60 kilómetros de la ciudad de Tartagal y hay otras que toman agua de las represas o de las cañadas que están contaminadas con bidones de veneno que tiran los empresarios que fumigan los campos de soja y porotos. En vez de quemar ese veneno lo tiran en las cañadas de corredero de agua, eso pasa en las comunidades wichÍ de Guamache y Retiro”.

“Hay mucha gente indocumentada. Yo como dirigente sé que hay más de 700 personas que no tienen DNI. A veces vienen a las comunidades autoridades de Provincia y Nación diciendo que van hacer los documentos pero en realidad nos entregan una constancia que dice que está en trámite. Hay gente que tiene esa constancia desde 2009 y hoy todavía están esperando su documento. Mi preocupación más grande es qué va a pasar con toda esa gente que no tiene DNI y jamás van a recibir una ayuda social. Ayer vino el ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, pero no quiso entrevistarse conmigo. Dijo que estaba trabajando dentro de la municipalidad pero no entró a las comunidades”(Revista Cítrica).

Cambian de signo los gobiernos pero el genocidio no se detiene. Es entonces cuando Medardo Avila y el grupo de médicos que impulsa la llegada de Médicos Sin Fronteras decide hacerlo con fuerza institucional. En un territorio sin olor a patria. Donde ellos, que son parte del monte, son confinados por los colonizadores del tercer milenio. “Cuando desmontan las tierras fiscales, que no son de nadie y se las empiezan a asignar entre ellos los apellidos de siempre, se apropian de 80 mil hectáreas y las desmontan con las topadoras; es increíble verlas, las topadoras atadas con cadenas de cincuenta metros una a la otra avanzan destruyendo todo el bosque”.

Dirigentes y médicos de naciones originarias elevaron una carta abierta al ministro de Desarrollo Social Daniel Arroyo, el día en que el funcionario voló desde Buenos Aires a llevar tarjetas alimentarias a los wichí. Y le aclararon que no sólo se mueren los niños a partir de “un sistema de producción que abarca lo cultural y la salud, que nos oprime y mata a los más débiles”. También se mueren “niñas wichís en embarazos con hipertensión, como variable de mortandad además de lo reprochable penal y socialmente de los embarazos infantiles que son índices de abuso sexual agravados por la edad”. Esas niñas, desalojadas por los desmontes “de su soberanía alimentaria, al alimentarse en el enclave urbano, el cambio de costumbres y modelos en la comunicación hacen que tengan embarazos con hipertensión y muerte”. Y no sólo es un tema de salud pública, dicen: “la mayoría de estas muertes de niñas con embarazos con hipertensión provienen de Los Blancos, Estación Murillo y Tartagal, zonas donde ha habido desalojos masivos de comunidades indígenas por desmontes en los últimos 40 años”.

“Yo he estado mucho ahí, en las misiones, a través de una organización de Córdoba que se llama Deuda Interna. Y ahora estamos tratando de que Médicos sin Fronteras tenga una misión ahí, porque es un problema humanitario terrible, que no es considerado por la Argentina como un genocidio, el estado los ignora, se mueren los niños y se mueren también los mujeres, los hombres, nadie se imagina las cosas que suceden ahí”, relata Medardo Avila a APe.

El médico los conoce y los describe. “Los wichís son mansos, son culturalmente muy atrasados, están acostumbrados a su paraíso”. Entonces “viene el estado y le da su bolsa de comida para un mes. Y en dos días no tienen más. Porque no tienen práctica de acumulación. Ellos se iban moviendo por el bosque y siempre encontraban lo que necesitaban. Tenían un circuito que conocían los grupos de familias. Eran cazadores recolectores. No necesitaban guardar. Ahora les dan cinco bolsas de arroz y se le terminan enseguida”.

“Tuvieron su primera crisis –relata Avila- cuando empezó la explotación petrolera. Hubo una guerra a principios del siglo XX, que fue la campaña del norte, como la campaña del desierto. Hubo varias matanzas de originarios para apropiarse de los territorios. Las empresas inglesas habían traído a los religiosos protestantes y ellos en las misiones empezaron a refugiar a los aborígenes sobrevivientes. Por eso las comunidades se llaman misiones”.

El agronegocio genera, 500 años después, el descubrimiento de una etnia entera. “Son 60 mil, según la antropóloga Norma Naharro. Y son divinos. No sabés los chicos lo felices que son”, dice Avila. Y coincide con Rodolfo Franco, el médico que vive en Misión Chaqueña: los chicos son felices hasta que crecen y comienzan a vislumbrar la oscuridad del futuro. Entonces aparecen el alcohol, las drogas, las anestesias del sistema y en tantos casos, la muerte. “Los agarran con las tarjetas y los planes y ahora les traen una tarjeta alimentaria como si hubiera posnet… y si hay alguno vaya a saber lo que les cobran el kilo de arroz”, lamenta el médico.

Mientras tanto, el agua. El enorme problema del agua. La sequía que arrasa la piel y la lengua en la mayor parte del año. “Dependen de que les caven los pozos; ellos en sus montes sabían dónde encontrar el agua, se movían constantemente detrás de las aguadas, estaban los ríos; ahora los tienen instalados, encerrados, detrás de los alambrados, diez mil en 400 hectáreas de monte. No tienen posibilidades de nada”. Entonces terminan tomando agua de cualquier caño, de cualquier charco, de los bidones de glifosato que les alcanzan, de los canales, terminan enfermos, deshidratados, con diarrea. Víctimas de aquello que los desnudó, del coloniaje envenenado, del agronegocio que los desaloja, del genocidio del sistema que los abduce para moldearlos y que decide desterrarles el mundo que tuvieron desde su origen en el que seguirían viviendo con sus dioses y paraísos, sus frutas y sus chamanes. Y sus muertes pequeñas al final de la vida.

Ahora lo que queda es “parar los desmontes y hacer una reserva wichí. Para que puedan ser ellos, no lo que somos nosotros, no lo que queremos nosotros que sean”. Para que dejen de morirse bebés, niños, de hambre, de sed, de enfermedades del hambre y de la sed. Para que dejen de morirse mujeres, hombres, viejos, viejas, en abandono atroz.

En ese camino están Medardo Avila Vázquez y un grupo de médicos que buscan que una misión humanitaria se instale en las comunidades. “Porque los gobiernos, porque el estado, no son capaces de resolver el problema”. Por eso van por Médicos Sin Fronteras, para que haga visible su genocidio desde su confín al mundo cada día. Buscando monte, mariposa, espíritus y vida. Agua y yerbabuena. Para vivir.